De Iruya a Foz: los viajes transfronterizos de Analía López

De Iruya a Foz: los viajes transfronterizos de Analía López

Analía es una mujer indígena del Pueblo Coya ,de Iruya, Salta. Licenciada en Salud Colectiva, maestranda en Políticas Públicas, madre y migrante. En esta entrevista nos cuenta sobre su trayectoria: los viajes que la llevaron de las tierras altas salteñas a la triple frontera en Brasil, y lo que significa construir una vida nueva sin soltar las raíces.

Contanos sobre vos

Hola, yo soy Analía, soy Sami o Samantha para mi familia y amigos en Argentina. Soy una mujer indígena de la comunidad Coya, del Pueblo Coya de Iruya, Salta. Estoy viviendo en Foz do Iguaçu, tengo 33 años. Soy licenciada en Salud Colectiva y actualmente estoy cursando la Maestría en Políticas Públicas, las dos en la Universidad Federal de Integración Latinoamericana, la UNILA.

¿Cómo llegaste a Foz y a la UNILA?

Soy migrante hace ya mucho tiempo. Primero migré dentro de Argentina: desde Salta me fui a Córdoba para estudiar en la Universidad Nacional. A través de ese primer contacto con la educación universitaria, me vine para Foz do Iguaçu en 2019, a estudiar la Licenciatura en Salud Colectiva.

Fue un camino largo, de 10 años, para encontrar lo que realmente me apasiona: la Salud Colectiva. Es un movimiento latinoamericano que nace en Brasil y se expande al resto de América Latina, con una forma diferente de mirar la salud. Fui descubriendo esa pasión de a poco. Mi familia, ya desde mis abuelas, se dedicaba al cuidado y a la medicina ancestral. Mi madre llegó a ser enfermera por la Cruz Roja en Salta. La mayoría de mi familia se dedica al cuidado: hay enfermeros, y también en Iruya tenemos los veterinarios del pueblo.

La Salud Colectiva es una forma diferente de mirar la salud, centrada en la gestión, la epidemiología y las ciencias sociales, y el entrecruzamiento de esas áreas. Así tuve contacto con profesionales, odontólogos, antropólogos, que tenían esa impronta en sus trabajos. Me fui metiendo en un grupo de estudio con el profesor Hugo Spinelli y la doctora Marcela Bella, y a través de ellos abrí mi visión hacia Brasil y hacia el punto inicial de la Salud Colectiva. Me postulé para ingresar a la UNILA y me vine en 2019.

¿Cómo es habitar esta universidad siendo migrante?

La historia de mi migración es muy particular. Creo que todas las migraciones son diferentes, cada persona la vive a su manera. Pero mi historia aquí en Foz tiene una impronta marcada por la UNILA, que es una universidad abierta a recibir migrantes. Cada carrera tiene mitad de estudiantes brasileros y mitad latinoamericanos, y la universidad es bilingüe. Además, existen muchas políticas tanto para el ingreso como para la permanencia de los estudiantes migrantes.

Mi pilar fundamental para llegar y permanecer aquí fue la universidad, a la que le estoy muy agradecida porque hizo posible que yo, siendo madre, migrante, mujer e indígena, pudiera estudiar y llegar a la universidad.

Ser migrante en la frontera, y justamente por la UNILA, es una experiencia única. Es un desafío y a la vez es lo más lindo. Siento que cada año que vivo acá equivale a cuatro, porque la diversidad cultural que encontrás en Foz de Iguazú es enorme: todo el tiempo estás aprendiendo cosas nuevas, compartiendo experiencias, escuchándolas y acompañando. Todos nos damos una mano, hay mucha solidaridad dentro de la universidad, tanto con gente de tu mismo país como de otros lados. Es una experiencia muy desafiante pero también muy enriquecedora. Cuando hago el balance de cada año, son muchos los aprendizajes, tanto a nivel personal como académico.

En esta intersección de aspectos en tu vida ¿cómo es tu experiencia de maternidad?

Para mí, mi hijo fue una decisión. Tuve la posibilidad de decidir ser madre o no, y lo decidí. Mi hijo es mi motor. Fue mi motor para salir del país, para arriesgarme a buscar una mejor calidad de vida. En Argentina, trabajar y estudiar era muy difícil, y siendo madre, mucho peor.

Cada año es un desafío: ser madre, ser estudiante, trabajar. El año pasado fue el más difícil, pero también el más lindo, porque terminé mi carrera, me recibí, logré ingresar a la maestría y conseguí una beca. Son sueños que una tenía ahí guardados y se dieron. Conseguir beca en el posgrado es muy difícil, así que fue una alegría tremenda. Superamos los desafíos y seguimos en el camino. Mi hijo es mi compañero, me marca el tiempo y me da mucha fuerza.

También tengo una mirada más crítica: Brasil tiene políticas muy diferentes a Argentina. Tanto en el grado como en el posgrado, podés pedir licencia de maternidad como estudiante, con derecho a realizar exámenes y trabajos prácticos desde casa. Los profesores tienen la obligación de adaptar el plan de estudios a tu situación. Además, como alumna de grado tenés derecho a un auxilio económico del Ministerio de Educación por estar maternando. Eso me permitió, por ejemplo, tener a mi hijo en mayo, tomar la licencia, descansar y después seguir estudiando.

En la posgraduación es diferente, pero en esta universidad existe la Secretaría de Políticas de Género y Diversidades, que está constantemente trabajando para ayudarnos. Tenemos acompañamiento psicológico, y también un espacio para las infancias (la Sala de Crianzas) donde los niños son cuidados y donde vos, como madre que está amamantando, también podés ir. Yo me acuerdo de ir ahí a descansar. Es un espacio necesario dentro de la universidad.

Hace poco se presentó también la Política de Cuidotecas en Brasil. Ya abrieron cuatro, muy pronto se va a implementar acá. La Cuidoteca es un espacio para los niños con profesionales a cargo y actividades: como una ludoteca, pero de cuidado. Forma parte de las Políticas de Cuidado, cuya ley se implementó el año pasado en Brasil.

Además, existe un sistema de Guardería Municipal donde podés llevar a tus hijos desde los ocho meses, en tu turno de trabajo, unas ocho horas. Es gratuito y de calidad. Yo conozco muchas madres migrantes solteras, jefas de hogar, para quienes poder dejar a sus hijos cuidados mientras trabajan es básico. Incluso quienes podrían pagar una guardería privada prefieren la municipal porque saben que es un espacio donde cuidan y educan a sus hijos.

Ser madre migrante en Brasil implica una mejor perspectiva. Y además, Brasil nos trata a las migrantes como ciudadanas: no existe diferenciación. Los niños tienen derecho a educación y a salud. Las mujeres embarazadas migrantes tienen derecho al acompañamiento prenatal, al parto, a toda la asistencia. Eso nos da seguridad, no es una incertidumbre como ocurre en otros países.

¿Cómo crees que seguirá tu trayecto migratorio en unos años?

Yo jamás pensé que iba a estar acá, así que me proyecto en Brasil. Pero estoy abierta a lo que la vida me presente. Migrar es dar un paso real en búsqueda de una mejor calidad de vida, para vos, para tus hijos, para las generaciones que vienen.

Yo me siento latinoamericana más que argentina. El nacionalismo se desdibuja acá. Se abren más puertas, aunque siempre llevo en mi corazón mi identidad y mi raíz andina. Creo que eso también es algo a favor: uno siempre ve el ser indígena como un desafío, pero tiene su parte buena también. Acá me encontré con mucha gente de Los Andes, de Bolivia, Perú, Ecuador, con quienes compartimos un montón. Es más fácil entenderme con ellos que incluso con otros argentinos de Buenos Aires.

Si la vida me lleva por Los Andes, sería muy lindo seguir conociendo todo ese territorio. En este trayecto en mi vida se rompió el límite del Estado-Nación.


En el proyecto Cartografías Feministas creamos mapas de artistas y académicxs del NOA.

Entrevistadora: Carina E. Gomez

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